9 de marzo de 2015


50 días de vigilia han pasado. Para ser exactos, un año y 18 días después de ser desprendidos, arrancados violentamente de nuestros empleos. No es la institución que nos formó la que nos abandona, es su cabeza. No es la institución que nosotros mismos ayudamos a levantar la que nos quiere fuera, es su cabeza. 

Esa cabeza que aparentaba ser equilibrada y bien puesta ha revelado su contenido, su delirio de grandeza. Parecer oveja cuando se es un lobo es uno de los requisitos para atacar por la espalda. Nada más cercano a la realidad que la estocada que ha dado el director del IDAC al propio país, quien con arrogancia, se hace indiferente a las posibles consecuencias internacionales que atraen su cuestionada actitud.

En su afán por demostrar autoridad, Marcelino A. Herrera deja vacante la cualidad más necesaria para ser gerente: saber escuchar. Sus demostraciones de poder autoritario sacan a la luz los colmillos de una megalomanía dictatorial oculta.

El director del IDAC parece olvidar que a su llegada al mundo de la aviación, ya existía la ADCA. Bien podríamos pasarle tantas páginas a la izquierda como si fuese el álgebra de Baldor, pero solo daremos estas pinceladas para ilustrarle en lo que a drede parece desconocer.

La República Dominicana no tuvo un sistema radar hasta que la ADCA, gremio que hoy Marcelino A. Herrera pisotea, hizo las recomendaciones necesarias y los levantamientos de acuerdo a las necesidades imperantes de la época. Levantamientos similares al hecho por la ADCA en 2011, el que al parecer afectaba sus intereses. No los del Estado, los suyos.

La Dirección General de Aeronáutica Civil, hoy IDAC, no tuvo un manejo económico con independencia presupuestaria hasta que la ADCA, gremio que hoy Marcelino A. Herrera desprecia, identificó las fuentes de ingreso necesarias y cooperó con el plan para ejecutar las recaudaciones sin afectar la relación Turismo-Institución.

Los buenos salarios que hoy devengan los profesionales capacitados y certificados, los gerentes y el mismo Marcelino A. Herrera, no fueron conseguidos por gestion política alguna.  Fueron solicitados, reclamados y obtenidos por la ADCA, algunos junto a otros gremios. En la memoria de los que hoy lo niegan, está que hasta el mas humilde y mal pagado empleado administrativo ha resultado beneficiado por las conquistas de la ADCA. Si Marcelino A. Herrera tiene alguna duda sobre eso, puede cuestionar con toda confianza (si se las tiene) a sus más cercanos colaboradores, pues fueron miembros del gremio que hoy cercenan. Le hablarán del cheque del "avioncito", del "mochito", del fondo 1940 entre otras cosas.

La salida de la famosa categoría 1 fue un arduo trabajo de verdaderos gerentes, de profesionales en múltiples áreas, especialmente en la aviación. La fuga de ese estado larvario que por 14 años mantuvo a la República Dominicana hibernando en materia de aviación fue a todas voces un logro del extinto Norge Botello. Siendo Botello un recién llegado al mundo de la aviación ¿cómo logra esta hazaña? Está demás decirlo, pues hizo lo que hacen los buenos gerentes: supo escuchar.

50 días con sus noches no son suficientes para detallarle a Marcelino A. Herrera los avances que por pequeños que sean, fueron propuestos por la ADCA y escuchados por quienes usaron la cabeza frente al IDAC. Avances que mejoraron la calidad de vida desde el primero al último de los empleados, y significaron perfeccionamientos en el sistema aeronáutico.

Escuchar es lo que hacen los buenos gerentes, lo que hace Marcelino A. Herrera es lo que hacen los comerciantes, alejan o se alejan de quienes afecten sus negocios. ¿Privatizar los servicios de navegación aérea no es hacer negocios? Repetir hasta creerse "hacer mejor lo que hacemos bien", nos hace pensar que contrario a nosotros, esa cabeza ejerce la profesión equivocada.

Negociar con la dignidad de las personas, negociar con el futuro de hijos y nietos de empleados "de carrera", necogiar con los años dedicados al control aéreo, negociar con la justicia y negociar con la verdad no es algo honesto. Severa es la incongruencia de 
alguien que dice de si mismo que "vive para servir", al negociar un sistema además de ser de seguridad nacional, involucra vidas humanas.

Alguien que se preste para eso, no parece tener claro el significado de servir, ni el valor de la vida.

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