6 de agosto de 2015




Contrario a lo que todo ciudadano consiente de la delicadeza de la navegación aérea espera, el IDAC ha menospreciado y se ha burlado de un grupo de exlusivos profesionales. Unos profesionales en los que el estado invirtió millones de pesos y varios años de entrenamiento en cada uno de ellos para ser parte de un sistema pujante. Un sistema que desde la recuperación de la famosa categoría uno, levanta los pies cuando tropieza, pero no evita las piedras.

Como seres humanos, los afectados estamos siendo alegremente utilizados como el juego de la “papa caliente”. Las instituciones que han debido cumplir un rol determinante se han hecho a un lado, o las han hecho. Las autoridades con nombre y apellido han sacado la cabeza para saber qué ocurre, pero no han pujado por solucionar este conflicto. Quien tiene el poder en su mano, carece del querer en su cabeza.

La enfermedad de “ser batuta y constitución” comienza con la negación de que algo no funciona como debería. Ser “batuta y constitución” en materia de aviación no es algo de gente pensante, de gente estudiada, de gente consiente de que la vida de una, varias, cientos o quizá miles de personas depende de un perfecto engranaje entre controladores. Las decisiones en cuestión de tránsito aéreo no se toman “porque si”.

El hecho de hacer desplantes a visitas que representan instituciones internacionales ya es un síntoma de la mencionada enfermedad. El no responder ni una de más de una docena de cartas internacionales, de instituciones que abogan por un entendimiento entre las partes, es otro grave síntoma; “el no me da la gana”. Estos síntomas demuestran que el juego esta trancado desde un solo lado de la puerta.

Mantenernos como “los malos del cuento” debe costar mucho dinero, muchas influencias políticas. Porque solo así se explica el contragolpe sin precedentes a la sentencia 230-2014 del TSA, en la que los jueces expresan textualmente: “El tribunal ha podido advertir que el IDAC ha transgredido el derecho el derecho fundamental de los accionantes a la libertad sindical y a asociarse”. (pág. 29)

El sistema aéreo se reduce a que “todo está bien”. La vida de los controladores que siguen laborando en los aeropuertos se reduce a “trabajar y callar”. No pueden opinar nada que no sea en bien de la metodología de gerencia implementada por esos gerentes que una vez fueron controladores. Y peor aún, fueron miembros de la ADCA, la misma asociación que luchó para lograr los salarios que los controladores disfrutan. La misma asociación que estos gerentes quieren destruir.

El director del IDAC es una persona bien informada, sabe que todo lo que la ADCA ha expresado, anunciado y denunciado es cierto. Y que como en el 2011 expresamos, las deficiencias en aquel entonces no fueron ocasionadas por la gestión del director, pues tenía pocos meses de asumir el cargo. Pero, mantenerlas, callarlas y negarlas, eso si es de la completa responsabilidad del director y sus gerentes. La ADCA ha sido satanizada por hacer lo que siempre ha hecho en 30 años de existencia, velar por los verdaderos intereses de la aviación nacional.



Lo que ha estropeado las relaciones entre la función de la ADCA y la gestión “impecable” del director del IDAC ha sido simplemente que el director ha tomado a modo personal las denuncias que la ADCA ha realizado.

El que la seguridad de las operaciones aéreas esté en juego significa que la vida de personas también lo está. Esto no es un circo de sacar trapos sucios al sol, porque la ADCA hizo todo el protocolo que la institución requería para recibir la información, confirmar y tomar acciones ante las precariedades que fueron avisadas en el levantamiento del 2011. Es como decir, que teniendo la lavadora, el director no quiso lavar esos trapos en casa.

El director del IDAC sabe que nuestros hijos ahora están en escuelas públicas, que nuestros autos fueron vendidos, que nuestras neveras están vacías. Pero también sabe que nuestras camas tienen las almohadas que el dinero que posee no puede comprar; la almohada de una conciencia tranquila. Los controladores de la ADCA no hemos pedido perdón, ni pediremos perdón, porque ningún controlador hizo nada de lo que nos acusa. Y si dirigirse apropiadamente y con evidencias a un superior para alertarle de fallas en el sistema que dirige, es “faltarle el respeto”, alguien no tiene los pies en la tierra. No son los pilotos, ni son los controladores.

El director del IDAC sabe que lo vimos llegar, sabe que lo que sabe de aviación lo aprendió en el IDAC. Ha encontrado un camino ya trazado por profesionales, no ha “tomado el toro por los cuernos”, ha tratado de matar al toro. Nos ha tenido 200 días frente a sus oficinas, recordándole que no hemos hecho nada malo, nada contra su persona. Pero el director si ha enfilado sus cañones contra nosotros.

Si enviarle 20 cartas como gremio no ha servido, si enviarle más de 20 cartas internacionales no ha servido, si buscar mediadores que propicien el dialogo que siempre hemos buscado no ha servido, el que el director se haga el desentendido tampoco ha servido para quitarnos de donde estamos, porque allí seguiremos.

Hacerse de la vista gorda ante sentencias judiciales, manipular información y levantar calumnias, son destrezas que no están a la altura de un secretario de estado. Esos son juegos sucios, de gente que no ejerce el respeto al derecho ajeno y que no acepta cuando las cosas no son “como quieren”. Son tretas de gente que sin ser de la realeza creen que “nacen, crecen, se reproducen y mueren” en el cargo, en el poder. 

El director del IDAC debe recordar que la verdad y las cosas que se ocultan en terreno débil, siempre salen a flote. También debe recordar que mientras duerme en una cama con la almohada de la mejor marca, nosotros dormimos con la almohada más valiosa; la conciencia limpia.

¿200 días no son suficientes? Pues seguiremos aquí. ¿Se escucha? Los controladores seguimos en la lucha.

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